18 nov. 2010

PONERSE EL "PIYAMA DE MADERA"

Prof. Aníbal Ortizpozo


“Dime cómo mueres y te diré quién eres”
Octavio Paz


Nada más universal, cercano y temido que la muerte. Cada ser humano, cada nación, cada cultura tiene una profunda y definitiva relación familiar con ella, porque es la expresión última y definitiva de la vida. Referirse a ella en ocasiones resulta una aspiración utópica que generalmente termina en una comedia de equívocos; temida, perseguida, demócrata, infecciosa, deseada, injusta, perra, literaria, puta, progresista, reaccionaria, artística, real, totalitaria, horrorífica, amada, revolucionaria, espectacular, natural o violenta, en otras palabras, enemiga negadora de la vida.
Cada ser viviente tiene su muy particular relación con la muerte, la mía se remonta a mi infancia campesina, a lo telúrico, lo sorprendente, lo mágico de los hallazgos de cadáveres deshidratados que quedan al descubierto en las laderas de los cerros.


"Grandes potencias discutirán el desarme en sesión especial” A. Ortizpozo, 1976

Entierros de nuestros pueblos originarios, momificados por el clima, rodeado de sus herramientas, ponchos, petacas y vasijas llenas de alimentos, y ornamentos de oro y plata, fue mi primera aproximación a seres muertos que emergieron de la tierra con sus huesos al aire, sus blancas dentaduras y sus carnes secas sin descomponerse. Esas muertes no me produjeron miedo, ni rechazo, sino gran excitación e interrogantes. Encuentro con la muerte milenaria cuando caminaba desprevenido tras los rebaños de ovejas y chivos, en los alrededores de la desembocadura del río Limarí en Chile, territorio de mis antepasados Diaguitas, en la Cordillera de la Costa, donde son frecuentes los temblores y frágiles lluvias, propicios a derrumbes en los ajustes de placas terrestres.

Mientras estudiaba en la ciudad de Ovalle, la muerte citadina se me hizo más dolorosa, denigrante y de cuentos de terror, había muerto mi madre. En aquellos tiempos, los adolescentes, nos retábamos a demostrar nuestra valentía y cuán hombre éramos, por nuestra capacidad de permanecer inmutables en la noche, observando los fuegos fatuos del cementerio y en el día por la valentía de acercarse y verle al “fina’o”, al occiso o interfecto, la ya blanca osamenta desmembrada saliéndose del destrozado ataúd, tirado a la fosa común, porque sus deudos no podían pagar la tumba donde había permanecido; humillación de los humildes en vida y después de ella.
Contrariamente a otros países, en Chile el culto a la muerte es mínimo, comparado con México, salvo en el animismo popular y el velorio de recién nacidos e infantes, llamados “angelitos” a los que se les sienta en un altar, donde se les canta brindando un sabroso “gloriao” –ponche de vino o aguardiente según la región–.
Los chilenos consideran la muerte como enemiga, adversaria temible, nunca amable, la llaman la pelona, la flaca, la pálida, la gringa. El miedo a la muerte es tan real como la muerte misma, eso lo sabían muy bien Pinochet y los militares traidores fascistas. Su presencia en las calles de Santiago y en los centros de tortura, nunca fue más patética que cuando se exhibió flotando en el río Mapocho ante la mirada impávida de los transeúntes.
El miedo en Chile aún persiste, no obstante que en el refranero popular se escucha decir “El muerto al hoyo y el vivo al bollo” es decir, a gozar de la vida. (1)




"Nosotros los
muertos”
Del dibujante
venezolano
Gilberto Ramírez.
Exposición
de Homenaje
a José Guadalupe Posada,
Galería Viva México,
1977, Caracas.
(Colección de dibujo
venezolano del Prof.
Aníbal Ortizpozo)





En mi nueva residencia, Venezuela, como casi todos los países de nuestro continente, llama la atención la profusión de cruces regadas en el camino en memoria de las muertes ocurridas en esos lugares. Pequeñas capillas y monolitos llenos de oraciones y exvotos de agradecimientos a las ánimas, por los favores recibidos. He podido ver filas de automóviles y camiones para dejar una vela encendida en una de ellas y asegurarse un buen viaje que preserve su vida.
Otra referencia del culto a la muerte se puede observar en las prácticas de “Santeros” y “Paleros” relacionados con la religión afrodescendiente Yoruba. Quienes están iniciados en ésta práctica tienen “su muerto” que mediante un rito, habla a través de ellos. Al “muerto” se le atiende y homenajea, a su vez él guía y aconseja, a quien lo consultan.
En nuestro tiempo también se ha puesto de moda la costumbre, importada tal vez, de celebración de la muerte, con canciones, caña (alcohol) y disparos al aire. Es público y notorio cómo bandas de “malandros buenos” y “chigüires” los malos, en los ranchos suburbanos de grandes ciudades, celebran la muerte de un compañero desde el recinto velatorio, durante su traslado y en el cementerio, montados en sus motos, haciendo acrobacias en una rueda, alrededor del carro mortuorio, coreando el nombre del muerto, cantando y disparando sus armas al cielo, ahítos de ron.

Pero es en México en definitiva, donde la muerte ineludible se ha instalado en la memoria de los mexicanos, desde los ritos de los antiguos aztecas quienes expresaban una visión de muerte heroica y ceremonial como fuente de renovación fecundidad y trascendencia. Poemas y canciones contemporáneas continúan reforzando el hecho de que hay que celebrar la muerte por la gloria de estar vivos o porque también, “de dolor se canta, cuando llorar no se puede”. En las ceremonias fúnebres el llamado es a vestir ropajes negros pero, sin olvidar que los días de muerte, también son días de resurrección.
“El hecho cultural -que algunos les asombra -, escribe mi querido “cuate” Chucho Puente Leyva, es que los mexicanos convivimos familiarmente con la muerte: nos reímos con ella, le hacemos poesías insólitas y le cantamos de múltiples maneras; la reproducimos gráficamente y de bulto, la convertimos en máscara ,la hacemos juguete ,y la amasamos como “pan de muerto”;en última instancia, la modelamos en dulce (le ponemos en la frente nuestro nombre) y la comemos a mordidas en la alegórica comunión total... metáfora del devenir, alegre serpiente que se muerde la cola”. (2)

“Gran Comelitón de Calaveras”, Cincografía, de José Guadalupe Posada, México.

La muerte en el grabado mexicano tuvo su más extraordinario creador: José Guadalupe Posada, quien creía que ni en la muerte todos somos iguales, e insistía en la diferencia de clases. En su grabado el “Gran Comelitón de Calaveras”, algunas con sus trajes de “peladito” toman pulque; otras, elegantes “catrinas” beben despectivamente champaña. (3)

Es en la música y sus canciones festivas de burla y protesta social, donde la muerte mexicana tiene un protagonismo extraordinario, “La Calaca”, o como la quieran llamar los mexicanos, huesuda, dientona, tilica, petatera, flaca, polveada, tullida, ojona y la que barre parejo como en esta canción:

La Calaca (4)
Mucho cuidado señores, porque la muerte anda lista,
En el panteón de Dolores ya nos tiene una pocita
Para los compositores y uno que otro periodista,
Licenciados y doctores, todos están en su lista.
Tukutuku tikitaka, qué recanija calaca,
Cuando menos los pensamos, nos hace estirar la pata;
Yo me le escapé una vez, pero por poco y me atrapa.
La muerte no enseña el cobre, tampoco hace distinciones,
Lo mismo se lleva al pobre que al rico con sus millones,
Uno va en estuche de oro y el otro en puros calzones,
Pero pasadito el tiempo quedan igual de pelones.
Tukutuku tikitaka, qué recanija calaca,
débiles y poderosos, de morir nadie se escapa,
Llevamos el mismo fin en petate o en petaca.
Yo conocí un comerciante, bueno pa’ robar al cliente:
Las cosas que valen cinco, él siempre las daba a veinte;
Pero se murió de frío, pobrecito, de repente,
Lo mandaron al infierno pa’ que el diablo lo caliente.
Tukutuku tikitaka, qué recanija calaca,
A todos esos careros llévatelos de corbata;
Indeseables usureros, chupan como garrapata.
El obrero gana el pan con el sudor de su frente
Para que sus hijos coman, aunque no lo suficiente,
Mientras otros abusivos viven violando las leyes,
Ganando lo que ellos quieren por andarse haciendo güeyes.
Tukutuku tikitaka, qué recanija calaca,
Yo les pido una disculpa, si es que ya metí la pata;
Aunque son muy parecidos, no es lo mismo buey que vaca.
La balanza de la vida está muy desnivelada;
Hay pocos que gana mucho y muchos no ganan nada.
El trabajo del obrero no tiene compensaciones,
con eso del minisueldo no alcanza ni pa’ camiones.
Tukutuku tikitaka, qué recanija calaca,
Si tú conoces al diablo, ruégale que no sea ingrato,
Pa’que el costo de la vida se nos vuelva más barato.
Mucho cuidado señores, los que ya son votadores,
Ahí vienen las elecciones con sus manipuladores
Y cada partido dice que votar por ellos debes,
Y que de aquí en adelante, nos darán vida de reyes.
Tukutuku tikitaka, qué recanija calaca,
Ahí viene otro presidente a sonarnos la matraca,
Viene prometiendo mucho, pero dará pura… Tukutuku tikitaka.

De todas las muertes posibles que nos acechan: como la de los militares golpistas del Cono Sur, como los “falsos positivos” de Colombia, como los enfrentamientos y masacres de las mafias en México, como los terremotos y cólera de Haití, como en las incesantes invasiones gringas, o como la que uno se imagina, incluso la propia, las menos deseadas y las más inútiles, son esas mediante las cuales perdemos la vida a manos de guardianes del pensamiento político, por aquello de que “los muertos no se oponen”, pretenden falsamente callar para siempre, las ideas, los gritos de justicia social y los cantos por la liberación del ser humano.


Fuentes consultadas:
(1) Alberto Cardemil Herera. Refranes y Moralejas de Chile, Zigzag S.A., 2004
(2)Jesús Puente Leyva. Poesía y Música de La Muerte. La tradición mexicana, Conferencia,Museo Sacro de Caracas, 1995
(3) Jaled Muyaes. La Revolución Mexicana vista por José Guadalupe Posada, Talleres Policromía, México, 1960
(4) J. Hernández. La Calaca. Canción mexicana que popularizó Amparo Ochoa